FEDERACIÓN DE MOTONÁUTICA DE CEUTA
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Ernesto Valero Narvaez, Previas competiciones eliminatorias, fue seleccionado para representar a nuestra ciudad en seis ocasiones, con la particularidad de haber sido en cinco modalidades deportivas diferentes. 1956 – MADRID Subcampeón de España de Esgrima Juvenil en la modalidad de Florete. 1969 – SEVILLA 7º Clasificado en el Campeonato de España de Caza Menor con perro. 1964 – VALLADOLID Subcampeón de España en la modalidad de Tiro al Plato por Equipos. 1967 – LA CORUÑA 6º Clasificado en el Campeonato de España de Pesca Submarina por Equipos 1968 – CEUTA Campeón de España por Equipos , 3º Individual y 1º Mayor numero de piezas con 24 Meros en la modalidad de Pesca Submarina. 1968 – CEUTA Campeón de España en la modalidad de Casting y record nacional con una puntuación de 99 sobre 100 Varios años consecutivos compitiendo con tiradores de la elite Internacional en la modalidad de Tiro al Pichón y consiguiendo prestigiosos trofeos; en una ocasión finalista con el aquel entonces Campeón de Mundo, el italiano CAUDEVILLE , consiguiendo el triunfo en aquella competición en el pajaro 25 Como anécdota citar el valioso descubrimiento que sin lugar a dudas, es el pecio más interesante descubierto en Ceuta hasta la fecha en los Isleos de Santa Catalina. Corresponde a uno de los navíos franceses naufragados en 1692, cuando la flota de Levante, mandada por Víctor Marie d´Estréss, surcaba las aguas del Estrecho de Gibraltar rumbo a Brest. Y que fue descubierto en el mes de mayo de 1962 en compañía D. Agustín Pizones Cortes, mientras practicaban pesca submarina en la playa de los corrales, frente al cementerio de Ceuta.

Algunas fotografías, sobre todo las que emergen vestidas en un blanco y negro casi sepia, parecen tener la vocación de fijar, para siempre, a personas en un contexto concreto. Son pues escenas congeladas mágicamente en el tiempo cuya misión es la de recordarnos por siempre la existencia de personas extraordinarias.

 

En Ceuta, afortunadamente, muchas son las instantáneas que tienen esa vocación, una de ellas, obviamente muy famosa, nos traslada a la zona de Fuente Caballos a mediados de la década de los 50. Allí, con el mar como eterno e inseparable aliado, un joven ataviado con un bañador y un cuchillo de grandes dimensiones muestra, con una satisfacción nada exagerada, su reciente captura: un mero de más de 30 kilos de peso Esa precisa escena, probablemente banal para su protagonista, estaba destinada a ser uno de los iconos de la historia reciente de Ceuta, una estampa concebida para que jamás nadie olvidara un nombre: Ernesto Valero Narváez.

 

Nacido en Ceuta el 17 de septiembre de 1939 en el seno de una familia humilde, Ernesto Valero Narváez tuvo que dejar, como muchos niños de su época, las tareas escolares para incorporarse al mundo laboral. Entre cueros, puntillas, suelas y el fuerte olor a colas se desarrolló la primerísima etapa laboral de Ernesto que, en la zapatería de su padre, ayudaba a la economía familiar. Eran años difíciles en los que todo era poco y con “poco” sencillamente no se podía comer. Entonces, la que estaba destinada a ser su gran aliada y compañera, la mar, le brindó la oportunidad que siempre había buscado.

 

Ernesto empezó en las lides de la pesca, tanto de superficie como submarina… y ahí se forjó la leyenda.

 

Inteligente y con un sentido de la orientación envidiable, Ernesto Valero logra conjugar lo que ya sería su segunda gran pasión (la primera fue indiscutiblemente su Familia) con las necesidades del momento ya que lo pescado servía tanto para comer como para venderse.

 

El destino de Ernesto Valero estaba ligado a la mar. Los caprichos del destino quisieron que intentara, tierra adentro, llevar a cabo proyectos comerciales en forma de ferretería en las Puertas del Campo, pero la mar no deja escapar tan fácilmente a quienes considera de los suyos; al poco tiempo, Ernesto Valero opta por cerrar la ferretería e inicia su andadura en el Supermercado de la Familia Mendoza en el que gestiona una sección que combina pesca y caza (una especialidad en la que también obtuvo resultados notables, logrando una infinidad de premios en la modalidad de tiro).

 

Esta colaboración profesional se prolongó hasta casi llegar al momento su jubilación.

 

Pero Ernesto Valero Narváez era mucho más que un gran profesional y un experto caza y pesca; era un Amigo con “A” mayúscula, y de ello dan fe quienes se preciaban de ser sus cercanos. “Un excelente amigo y un buen compañero” asegura J. Antonio Isanta, algo que se repite hasta la saciedad entre su círculo.

 

Para José María Cuellar, Ernesto Valero era, además de “buena persona” “único, un fenómeno, alguien que reunía todas las características de una persona buena. Amigo de sus amigos, afable con todo el mundo en general y un buen compañero en todos los sentidos”.

 

Domingo Cube incluso profundiza más en la personalidad de Ernesto Valero y en su particular legado, cuando asegura que “nos ha dejado su particular forma de ser, esa que no permitía que entre los amigos existiesen malentendidos o situaciones de enfado; uno de sus objetivos –afirma Cube- era que siempre reinara una armonía entre todos”.

 

Pero para Ernesto Valero, la mar era mucho más que una formidable despensa y una pasión para compartir con su familia y sus amigos , la mar  era sinónimo de aventura.

 

Con muy pocos medios (forma eufemística de querer decir ninguno) pero con un enorme corazón, Ernesto Valero se implica, junto a otro ilustre como él, Juan Bravo, en la recuperación de un pecio en las aguas de Ceuta.

 

Corría el año 1962, y con enormes dosis de imaginación, toneladas de entusiasmo y montañas de voluntad, ese soñador llamado Ernesto Valero, sin ninguna ayuda oficial, emprende el rescate de un pecio; pero no de cualquier pecio, sino el de un navío de guerra francés que, justo 300 años antes, se había hundido frente a Santa Catalina… y lo hizo porque no tenía conciencia de que aquello era sencillamente imposible, una constante en la vida de Ernesto Valero Narváez.

 

Fabricando modelos originales de grúas y poleas para extraer del agua el material hundido, confeccionando, con cámaras de coches, las caretas y utilizando todo lo que se tenía a mano para lograr un equipo de buceo seguro, Ernesto Valero logra lo imposible y rescata parte del pecio. Mudo e imponente testigo de la hazaña, en el Palacio de la Asamblea, uno de estos cañones parece montar perpetua guardia en memoria de quien supo rescatarlo de las turbulentas aguas del Estrecho.

 

Sin embargo, si conocida era su trayectoria en la mar y en la caza, menos lo era su particular faceta docente. En efecto, la capacidad y el ingenio de Ernesto Valero Narváez se vería de nuevo puesta a prueba cuando se le solicita, desde el Instituto Puertas del Campo, la disecación de animales para el aprendizaje de las especies animales; otra vez la aventura. Ernesto se pone manos a la obra y aprende el arte de la taxidermia; así, decenas de animales son destinados a ser estudiados por unos alumnos que, por fin, pueden ver de cerca lo que sólo habían conocido en imágenes y dibujos.

 

Pero su pasión por los animales va mucho más allá de esas disecaciones; su casa se transforma en el hogar de una cabra, de gaviotas que acuden siempre a la misma hora a comer, de ardillas que saltan de mueble en mueble, un jabalí criado en el jardín que era paseado como si de un perro se tratara o un enjambre pájaros que llenaban el hogar familiar de colores y cantos fantásticos.

 

Una vez finalizada su trayectoria profesional, Ernesto Valero Narváez se dedica casi en cuerpo y alma a su segunda pasión y pasa largas horas pescando. De nuevo demuestra que la experiencia es un grado y, allí donde nadie es capaz de pescar nada, él siempre trae de vuelta un “rancho” considerable con una sonrisa “marca de la casa” que jamás tuvo pretensiones ofensivas pero sí de marcar territorio de una forma divertida.

 

Como los elegidos que dejan su personal muesca en la Historia, Ernesto Valero Narváez emprendió su última inmersión en el pasado mes de noviembre con el privilegio de ser recordado por todos con el mayor de los elogios que se le pueda conceder a un hombre: el de HUMANO, algo que sólo está al  alcance de quienes viven su vida como sólo pueden vivirla los limpios de corazón, todo a pulmón.

 

Texto. Germinal Castillo